miércoles, 21 de agosto de 2013

Entrevista sorpresa

Hoy hace un mes cuando tuvo lugar la entrevista más ardiente de mi vida.

Un día recibí la llamada de la empresa según yo más importantes de software. Me citaron al día siguiente a las 11:00 de la mañana.

La ropa que me puse en ese día fue: un sujetador con encaje negro y unas bragas que hacían conjunto con el sujetador. Unos ligueros simples negros con unas medias también negras. Una camisa blanca y por encima de ella un mini corset de terciopelo negro, y una falda de cuero negro que me ceñía bien el trasero. Fui toda contenta a la entrevista, me hicieron esperar unos cinco minutos hasta que una secretaria me pidió que pasara al despacho del jefe de RRHH.

La habitación estaba a oscuras, las persianas bajadas, las luces apagadas y solo había un flexo encendido iluminando a la parte de una mesa y a un sillón de cuero blanco y amplio.

Pensaba que no había nadie, hasta que una voz me dijo: Bienvenida a esta entrevista donde tu futuro será de los mejores si haces todo lo que yo te pida. ¿Aceptas las condiciones?

Yo, picada de la curiosidad y con ganas de formar parte de la empresa dije que aceptaba.

Primero me hacía preguntas típicas,¿Por qué quería trabajar con ellos?, ¿Qué experiencia tenía?, etc. Al cabo de un rato, me felicitó de que la primera fase ya la tenía superada. Y fuimos a la siguiente.

La siguiente consistía en pruebas "físicas", en esta apagó la luz del flexo. Hubo un silencio que asustaba, yo estaba intentando aguantar los nervios, cuando logré serenarme del todo me di cuenta de que se iba acercando hacía a mi por la espalda. Cuando justo estaba detrás me cogió del moño y me tiró hacía atrás, su cara estaba próxima a mi oreja ya que notaba su respiración.

- ¿Estás segura de poder seguir? -me preguntó.
-...si...- fue mi respuesta susurro.

El me tiró más fuerte del pelo:

-¡Dilo más fuerte, aquí no queremos chicas tímidas!
-¡SI!- le respondí con voz firme.

Entonces él me soltó del pelo y fue a subir las persianas. La sala se iluminó completamente. Era una habitación cuadrada, blanca y con el  mobiliario de la mesa, el sillón en la que estaba sentada y el flexo.

El señor que me entrevistaba tendría unos 40 años, pelo largo hasta los hombros, lacio y negro. De ojos negros y tez pálida como la leche. Es alto y fuerte y de expresión seria. Lleva un jersey de lana negro que se le apretaba todo el torso que parece esculpido. Unos pantalones negros de traje que le ceñían bien la cintura.

El estuvo mirándome por un segundo hasta que me ordenó que me levantara, yo toda obediente lo hice y él se sentó en el sillón abierto de piernas, el brazo derecho apoyado en el reposabrazos del sillón, y la cabeza inclinada. Me observaba perversamente, y yo cada vez me sentía más nerviosa y deseosa.
- Inclínate hacía la mesa, súbete la falda y menea las caderas sensualmente. -ordenó con tono muy estricto.

Yo toda ardiente y tímida lo hice despacio y torpemente. Le oí resoplar, y me di cuenta de que lo hacía demasiado mal. Fui concentrándome en el meneo y cada vez lo hacía mejor.

- Sin que yo te diga nada de lo que tienes que hacer quiero que me complazcas de lo contrario no obtendrás el puesto.

Me costó dos minutos en pensar qué le podría hacer, no sabía si le iba gustar el que le pusiera el condón o no, no sabía si estaría contagiado, etc. Al final me decanté por quitarme la ropa muy despacio hasta quedarme en ropa interior. Me puse a gatas y me fui hacía el muy despacio. Al llegar me puse en cuclillas y con las manos le rocé su miembro, al ver que iba aumentando se lo saqué de esa cárcel.

Primero le empecé a hacer una paja con las manos muy despacio y apretándole bien, al ver que se retorcía de placer se lo iba haciendo más rápido. Al cansarme con las manos se lo hice con la boca, primero despacio y luego muy deprisa, el me cogió la cabeza y guiaba el ritmo que el quería. Las embestidas eran tan fuertes que me hacían perder el conocimiento, hasta que al final echó su semilla en mi boca, y echó allí el resultado del placer que le di.

Al acabar, le miro y el con cara sonriente y ojos serios y me dice:

-Lárgate a tu casa no vales para este puesto de trabajo.

Con esa frase mi orgullo aumentó. Le desgarré el jersey de lana y le arañaba el torso, al ver que eso le ponía, se lo hacía más fuerte, que con esos roces le salían hilillos de sangre y su polla iba aumentando por segunda vez.

Sin poder pedirme algo, me puse encima de él, le cabalgué con tanta furia que no duró ni 3 minutos.

Y con su orgullo por los suelos él me contrató.

Escrita por Sybill

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